viernes, noviembre 30, 2007
"Habana Abierta" (2003), documental de Jorge Perugorría y Arturo Soto
PD: Gracias a Noel por el cálido envío.
El deleite indecible del rock and roll con timba
"Está este ritmo sabroso, me robaron la cartera y el carné…" Así comienza un tema de Medina incluido en Habana Oculta, un disco que ya es de culto entre los acólitos del Under cubano. Eran los tiempos de Superávit, Goma Loca, Debajo, Cuatro Gatos, Lucha Almada, Cachivache, Estado de Ánimo, Garage H y muchísimos otros solistas y grupos que parecían repetir, a dúo con Ale Gutiérrez, "…la gente está luchando como puede abuela, la gente siempre busca su razón, la gente sabe bien lo que no quiere, y yo canto Rockasón."La historia de Habana Abierta, que había empezado mucho antes, puede ahora consultarse en diversos sitios web, revistas, entrevistas, etc. Hilvanarla es más o menos fácil a estas alturas. Pero antes costaba un poco de trabajo seguirles la pista, las muchas pistas dispersas que, al estilo de Pulgarcito, eran migas de pan al servicio de los jodedores pajaritos patrios. Un video clip de la época, filmado en la Casa de la FEU, hacía sonar eso que decía "el dinero mueve al mundo como el viento lleva y trae la hojarasca… Cada cual tiene su miedo y por si acaso no me quito la escafandra." Y los tiempos afirmaban que esa misma vieja hojarasca sería barrida con un fondo, un ‘fondillito’, de compases bien diferentes a ese ‘ritmo sabroso’ de marras.
Tuvo que venir la migración, los aires del Retiro, el Prado y la Castellana, la trashumación suburbial y el vértigo geotrópico de la raíz para que esos acordes entraran de lleno en nuestra cotidianidad. De pronto fueron Habana Abierta y la sensación nos dolió en el orgullo y en la vergüenza. Más debió dolerle a ellos, a los jodedores pajaritos que insistían en devorar las migas de pan que indicaban el regreso a casa. Por eso fue contestatario y hasta disidente aquel histórico concierto en la Tropical. Ahí estaban las caras sudadas que tiempo atrás habían perseguido cintas, discos, conciertos, chismes. Ahí estaban, con el Templo de los Bailadores de bote en bote, los mismos animosos de toda fiesta que se diera por tal en La Habana, de toda descarga juvenil pensante que pretendiera ser a la vez guarachera y protestona. Habana Abierta fue, en cierto modo, el fin de Willy Chirino. Para ese entonces nuestro día ya no venía llegando, las cosas se habían torcido de tal modo que nos estaban (nos están) pasando coles por lechugas y papas por malangas.
Por eso me alegró estar ahí, entre otras cosas. Por eso siento y halago la huella epocal de esos talentosos músicos, de esos simples hombres que saben cómo ser crisol de ritmos y estilos a la vez que cronistas formellianos de una realidad voraz. Por eso me alegran el día, cualquier día. Por eso siempre bailaré con Habana Abierta, más aún si está hablando en la tele quien-tú-sabes.
La decisión de Abelardo
Abelardito se quería ir. Irse a toda costa. Se iba para Venezuela. Antes de apostar su desarraigo a cualquier avión que lo depositara en Caracas, y después de algunas discusiones sociopolíticas en las que el tiempo parecía pasar al veloz trote de Palomo, consultamos periódicamente la ambidextra prensa venezolana en pos de los augures y leíamos mails de algunos amigos dispersos por allá. Por entonces Chávez sonaba mucho y muy seguido y mi amigo se preocupaba. Un lunes, debió ser el 10 de agosto de 1998, salvamos en diskette, leímos e imprimimos el artículo que, gracias a la magia operacional del cut and paste, reproduzco abajo. Todavía lo releo a cada rato. Lo hago cada vez que el río de aguas rojas y estériles amenaza con irse del caudal apropiado y arrasar, demagógica y dislálicamente, con ese país donde mi amigo puso su primera mira migratoria. Ahora, desde España, Abelardito sonríe al saber que, después de todo, no le fue tan mal.
EL UNIVERSAL Caracas, domingo 9 de agosto, 1998
UN CAUDILLO CON LA CARA PINTADA
Carlos Alberto Montaner
A Venezuela le está saliendo un caudillo. Los caudillos le salen a las sociedades como los golondrinos le salen a la gente en los sobacos. Y salen por las mismas razones: una severa infección que aflora en un punto del cuerpo cuando las defensas están bajas. El caudillo venezolano se llama Hugo Chávez y se hizo muy famoso en 1992 cuando organizó un golpe militar contra el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez. El golpe fracasó, pero el intento bastó para hacerlo tremendamente popular entre muchos venezolanos.
A las 72 horas de la asonada castrense, de acuerdo con las encuestas de la época, 65 por ciento de la población adulta decía respaldar al golpista. Hoy, a los seis años de aquella sangrienta aventura, Hugo Chávez amenaza con convertirse en el próximo presidente de Venezuela, pero no para mantener las instituciones del país, sino para llevar a cabo la mítica revolución radical de izquierda, utilizando para ello los recursos del Estado de Derecho. Algo parecido a lo que Hitler y Mussolini hicieron en los años treinta en sus respectivas naciones. Se servirá de los procedimientos democráticos para disolver el Parlamento y gobernar a su antojo por decreto. Naturalmente, hundirá al país en el horror y la violencia, pero eso es algo que la mayor parte de los venezolanos hoy son totalmente incapaces de percibir. Están demasiado entretenidos en luchar contra la inflación, el desempleo y la inseguridad ciudadana para preocuparse por la defensa de las libertades. Sufren -y con razón- la nostalgia de aquellos tiempos gloriosos en que un dólar valía cuatro bolívares, mientras ahora les cuesta quinientos.
Tienen demasiada rabia contra los políticos y funcionarios corruptos, y demasiada indignación contra la ineptitud de la burocracia estatal, para detenerse a pensar en que Chávez, lejos de resolver los problemas del país, los agravará cruel e irresponsablemente, aunque sólo sea porque en su cabeza violenta y cuartelera no hay otra cosa que ideas insensatas extraídas de la mitología revolucionaria latinoamericana de mediados de siglo.
En un país que se muere de estatismo, Chávez aumentará el perímetro del Estado.
En una sociedad agredida durante décadas por absurdos controles económicos, Chávez multiplicará los cerrojos y limitará aún más las libertades políticas.
En una nación en la que el Estado de Derecho es casi una ficción, este presidente carapintada sustituirá cualquier vestigio de constitucionalismo que quede en pie por su omnímoda voluntad. "¿Cuál es nuestra Constitución?", se preguntaba en los años treinta el doctor Hans Frank, nazi notorio. Y enseguida se contestaba: "Nuestra Constitución es la voluntad del Führer".
La Constitución de los venezolanos será la voluntad de Chávez. El caudillismo es eso: una abdicación de la soberanía popular, una transferencia de poderes. ¿Cómo saldrán los venezolanos de este atolladero? Por supuesto, muy magullados. Basta leer cuidadosamente los discursos de Chávez en La Habana, publicados en el periódico Granma, y los elogios que Castro le propina, para comprobar que este hombre no tiene la menor idea sobre cómo los pueblos crean riqueza y cómo la destruyen. Si gana las elecciones, una vez instalado en Miraflores, en el mejor de los casos se comportará como Salvador Allende - un caotizador de izquierda- y en el peor, intentará hacer una revolución de corte estalinista semejante a la de su admirado vecino cubano. En ambas situaciones movilizará a sus partidarios y los encuadrará en formaciones cuasi militares para defender la revolución, arriesgándose a un peligroso enfrentamiento con el Ejército, donde siempre habrá algún Pinochet dispuesto a sacar los tanques a la calle para liquidar violentamente a quienes pongan en peligro la hegemonía de las Fuerzas Armadas. Esto es gravísimo.
Los militares venezolanos pueden ser devastadores si se disponen a matar. Hace años le pregunté a un general de ese país cómo habían controlado el "caracazo" - los motines callejeros de la capital- todavía recuerdo con cierto escalofrío su respuesta torva y sin emociones "raspamos a mil coños de madre en una noche", dijo mientras aplastaba su cigarrillo en el cenicero con un gesto displicente. Así, innecesariamente, puede acabar este absurdo drama: millares de venezolanos "raspados", extirpados como verrugas por personas violentas de uno y otro bando que han sido incapaces de encontrar fórmulas para solucionar pacíficamente sus conflictos.
¿Hay maneras, todavía, de impedir esta catástrofe? Sí, si las fuerzas democráticas fueran capaces de pactar la gran coalición de la libertad, pero no sería honrado forjar esa alianza sólo para derrotar a Chávez en las urnas.
Eso sería mezquino. Habría que proponer un plan realista y serio que les demuestre a los venezolanos que la respuesta a sus males está en la democracia y en el Estado de Derecho, y no en la acción de los caudillos fascistoides. No sólo se trata de salvar a Venezuela del daño que en el futuro puede hacerle Hugo Chávez. El objetivo también es salvar a Venezuela del daño que le han hecho en el pasado otros venezolanos que llegaron al poder sin la cara pintada.
Carlos Alberto Montaner/Agencia Internacional de Prensa
EL UNIVERSAL Caracas, domingo 9 de agosto, 1998
UN CAUDILLO CON LA CARA PINTADA
Carlos Alberto Montaner
A Venezuela le está saliendo un caudillo. Los caudillos le salen a las sociedades como los golondrinos le salen a la gente en los sobacos. Y salen por las mismas razones: una severa infección que aflora en un punto del cuerpo cuando las defensas están bajas. El caudillo venezolano se llama Hugo Chávez y se hizo muy famoso en 1992 cuando organizó un golpe militar contra el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez. El golpe fracasó, pero el intento bastó para hacerlo tremendamente popular entre muchos venezolanos.A las 72 horas de la asonada castrense, de acuerdo con las encuestas de la época, 65 por ciento de la población adulta decía respaldar al golpista. Hoy, a los seis años de aquella sangrienta aventura, Hugo Chávez amenaza con convertirse en el próximo presidente de Venezuela, pero no para mantener las instituciones del país, sino para llevar a cabo la mítica revolución radical de izquierda, utilizando para ello los recursos del Estado de Derecho. Algo parecido a lo que Hitler y Mussolini hicieron en los años treinta en sus respectivas naciones. Se servirá de los procedimientos democráticos para disolver el Parlamento y gobernar a su antojo por decreto. Naturalmente, hundirá al país en el horror y la violencia, pero eso es algo que la mayor parte de los venezolanos hoy son totalmente incapaces de percibir. Están demasiado entretenidos en luchar contra la inflación, el desempleo y la inseguridad ciudadana para preocuparse por la defensa de las libertades. Sufren -y con razón- la nostalgia de aquellos tiempos gloriosos en que un dólar valía cuatro bolívares, mientras ahora les cuesta quinientos.
Tienen demasiada rabia contra los políticos y funcionarios corruptos, y demasiada indignación contra la ineptitud de la burocracia estatal, para detenerse a pensar en que Chávez, lejos de resolver los problemas del país, los agravará cruel e irresponsablemente, aunque sólo sea porque en su cabeza violenta y cuartelera no hay otra cosa que ideas insensatas extraídas de la mitología revolucionaria latinoamericana de mediados de siglo.
En un país que se muere de estatismo, Chávez aumentará el perímetro del Estado.
En una sociedad agredida durante décadas por absurdos controles económicos, Chávez multiplicará los cerrojos y limitará aún más las libertades políticas.
En una nación en la que el Estado de Derecho es casi una ficción, este presidente carapintada sustituirá cualquier vestigio de constitucionalismo que quede en pie por su omnímoda voluntad. "¿Cuál es nuestra Constitución?", se preguntaba en los años treinta el doctor Hans Frank, nazi notorio. Y enseguida se contestaba: "Nuestra Constitución es la voluntad del Führer".
La Constitución de los venezolanos será la voluntad de Chávez. El caudillismo es eso: una abdicación de la soberanía popular, una transferencia de poderes. ¿Cómo saldrán los venezolanos de este atolladero? Por supuesto, muy magullados. Basta leer cuidadosamente los discursos de Chávez en La Habana, publicados en el periódico Granma, y los elogios que Castro le propina, para comprobar que este hombre no tiene la menor idea sobre cómo los pueblos crean riqueza y cómo la destruyen. Si gana las elecciones, una vez instalado en Miraflores, en el mejor de los casos se comportará como Salvador Allende - un caotizador de izquierda- y en el peor, intentará hacer una revolución de corte estalinista semejante a la de su admirado vecino cubano. En ambas situaciones movilizará a sus partidarios y los encuadrará en formaciones cuasi militares para defender la revolución, arriesgándose a un peligroso enfrentamiento con el Ejército, donde siempre habrá algún Pinochet dispuesto a sacar los tanques a la calle para liquidar violentamente a quienes pongan en peligro la hegemonía de las Fuerzas Armadas. Esto es gravísimo.
Los militares venezolanos pueden ser devastadores si se disponen a matar. Hace años le pregunté a un general de ese país cómo habían controlado el "caracazo" - los motines callejeros de la capital- todavía recuerdo con cierto escalofrío su respuesta torva y sin emociones "raspamos a mil coños de madre en una noche", dijo mientras aplastaba su cigarrillo en el cenicero con un gesto displicente. Así, innecesariamente, puede acabar este absurdo drama: millares de venezolanos "raspados", extirpados como verrugas por personas violentas de uno y otro bando que han sido incapaces de encontrar fórmulas para solucionar pacíficamente sus conflictos.
¿Hay maneras, todavía, de impedir esta catástrofe? Sí, si las fuerzas democráticas fueran capaces de pactar la gran coalición de la libertad, pero no sería honrado forjar esa alianza sólo para derrotar a Chávez en las urnas.
Eso sería mezquino. Habría que proponer un plan realista y serio que les demuestre a los venezolanos que la respuesta a sus males está en la democracia y en el Estado de Derecho, y no en la acción de los caudillos fascistoides. No sólo se trata de salvar a Venezuela del daño que en el futuro puede hacerle Hugo Chávez. El objetivo también es salvar a Venezuela del daño que le han hecho en el pasado otros venezolanos que llegaron al poder sin la cara pintada.
Carlos Alberto Montaner/Agencia Internacional de Prensa
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