domingo, septiembre 24, 2006

Así creo que ocurrieron las cosas


mamá y papá jugueteando al amor
una punzada hirviente propulsando el líquido que destilan las entrañas de papá
mamá que acoge el vino en el mejor tonel de sus bodegas
una vida en algún lugar que reclama otra forma
una muerte que llega donde la vida
una lucha en la que la vida es despojada y condenada
un haz de luz que pasa por los ojos de papá
un escondrijo para la vida que gime en el espacio-tiempo
una nueva forma
un nuevo instrumento para llegar a Él
se calman los cuerpos
el sueño llega
al amanecer el cadáver de algo que aún no comprendo
y el nuevo instrumento divino forjándose en el vientre de mamá
sólo La Misión seguía intacta
irrevocable
esencial
[de Mauricio Pimienta, 2001]

Isla


Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano
negarme, y sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciend tierra y mar,
y poco a poco, igual que un ndante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?

[de Virgilio Piñera, Cárdenas, 1912 – La Habana, 1979]

LA CRIATURA DE ISLA...


La criatura de isla paréceme, no sé por qué, una
criatura distinta. Más leve, más sutil,
más sensitiva.

Si es flor, no la sujeta la raíz; si es pájaro, su cuerpo
deja un hueco en el viento; si es niño, juega
a veces con un petrel, con una nube...

La criatura de isla trasciende siempre al mar que la
rodea y al que no la rodea.

Va al mar, viene del mar y mares pequeñitos se
amansan en su pecho, duermen a su calor
como palomas.

Los ríos de la isla son más ligeros que los otros ríos.
Las piedras de la isla parece que van a salir
volando...

Ella es toda de aire y de agua fina. Un recuerdo de sal,
de horizontes perdidos, la traspasa en cada ola, y
una espuma de barco naufragado le ciñe la cintura,
le estremece la yema de las alas...

Tierra firme llamaban los antiguos a todo lo que no
fuera isla. La isla es, pues, lo menos firme,
lo menos tierra de la Tierra.


[de Dulce María Loynaz, La Habana, Cuba, 1903-1997. Premio Cervantes 1992]

Los abalorios y el juego


Que Latrusia y el Hombre de Letras sean lo mismo para mí no quiere decir que en verdad lo sean. Hay distancias, diferencias entre ellos; lo primero es un país y lo segundo es un hombre, varios hombres en realidad. Pero, ateniéndonos a la complejidad inherente al sujeto, ¿no es el hombre un país en sí? Este sujeto, el de Letras, no es un invento mío. Me tocó desnudarlo un poco a la luz pública, me tocó concocerlo, ser uno de los últimos en saludarle y grabé su voz en latruso, voz un poco contaminada con su portugués natal. Gracias a su viaje a mi casa, pagado con dinero de su bolsillo, pude traducir algunos textos latrusos y conocer otros nuevos. Le estoy infinitamente agradecido por toda esa, su última, acción.
A modo de brindis por su memoria escribo aquí.

Ahora soy cubano, un cubano raro, de pocos años además. La isla va conmigo, sobre mis hombros. Con ella sueño. Soy criatura de ínsula y no sabía lo que se sentía al vivir flotando sobre un mar pícaro, sensual y un poco tramposo. Me devora Cuba y lamo los bordes de su mapa como si fuera la hembra cuya boca es, desde el inicio de los tiempos, mi perseguidora.

De Cuba, de mi Epifanio Dominico Brohms, el Hombre de Letras, y de mi hermenéutica más personal, escribiré. Desgarrarme en mi cuna y olfatear en el aire ese olor a “improbabilidad del vivir” son gestos de mi humanidad que me obligan a arriar ciertas velas, a soplar otras más festivas y a dejar en el mar que me pasea por el mundo la más irrepetible de las sonrisas.
A fin de cuentas, yo también soy un país.

sábado, septiembre 23, 2006

Nacer... siempre nacer


Uno duda mucho antes de nacer. Fueron nueve meses para decidir si salir a la luz o no. Dentro de mama uno no lee los periodicos, no escucha la radio, sabe muy poco del mundo que nos espera. Pero uno puede elegir ese momento: admitir tercamente que la luz nos ciega y que las manos del doctor, especialmente las palmas de sus manos, son entes poco amigables. Mama empuja y el doctor nos hala... y entonces uno decide quedarse ahi, no exponerse. Mortifica un poco la primera nalgadita, el primer llanto, los pacientes procederes para sacarnos de ese vientre calido y esponjoso como las ciudades que se quieren. Uno entonces tiene que aprender a leer los diarios, sacar cuentas, cuidarse del otro y amar otras ciudades.

Para mi, que he nacido ya no se cuantas veces y que ostento el obsceno don de las multiplicidades, no ha sido facil dar este paso: Nacer en un blog... o hacer nacer mi blog... o renacer desde mi blog. No importa ya la sucesion de las acciones ni sus hermeneuticas; la herida duerme siempre en los filos de todas las navajas.

Me llamo Mauricio Pimienta o Maurice Pepper, como gusten. Naci una vez en un raro pais y ejerci una profesion que me dio cierta fama. Despues he vuelto a nacer en otros lados; antes tambien lo hacia, no sin cierto escandalo. Estoy hecho de todas esas cosas que ven en mi foto; naci en el pico de un farallon, fui musico de una banda del ejercito, me homenajearon alguna vez y me ha perseguido siempre la boca de una mujer eterea...

El "quien soy", por tanto, aqui no cuenta 'fellows'.

Es el "que soy" lo que pretende alumbrar estas paginas azarosas y aleatorias que, gracias a un circunspecto click, naceran hoy.