1El último tranvía
que rueda todavía
se va, se va, se va
qué lástima me da
pues ya no volverá
M.E. Walsh
Yo por entonces no creía en la fuerza mágica de la memoria ni mucho menos en la de ciertos recuerdos cuando son hilados en un determinado orden. Era sólo un niño de 4 años y a mi lado siempre dormitaba un Sokol o un VEF cuidadosamente sintonizado en la entonces Radio Liberación. A eso de las siete venía la vieja a despertarme para ir a la escuela con la cucharadita de miel y el vaso de leche. Acto seguido, aparecía ella en la radio cantando y contando las cosas que pueden pasar si nos confunden con un camarón en un día de playa, o de los trabajos de Manuelita para rejuvenecerse, o de lo que sucedía en ese reino donde los gatos no hacen miau y dicen yes porque estudian mucho inglés… María Elena Walsh se coló así en casi todos los despertares que recuerdo y evoco de mi niñez, justo después de la leche que me hacía mamá. No es poco, digo.
Hoy me duele mucho que haya muerto esa mujer que descubrí y seguiré amando, según parece, mientras viva. Mis hijos van a dar fe de ello.
¿Qué cuáles fueron esos versos del primer flechazo? Ahí van, no sin la timidez de los novicios: "…un delfín que toque el violín voy a pescar con mi red marinera y me espera para bailar loca de risa la espuma del mar…"
2
La Walsh se acaba de largar de su casa. Quizás no se haya ido del todo pues generaciones enteras de latinoamericanos han sido amamantados, mandados a la cama o sacados de ella al compás de sus inmejorables canciones infantiles. Pero finalmente se fue, se nos fue, este personaje incomprendido en muchas facetas por un país que aún no sabemos si se comprende bien a sí mismo y que ella ayudó a figurar durante años difíciles en su repertorio más maduro.
La Argentina es esa casa de María Elena Walsh usada como summa, como Alma Mater, como epísteme… vista también por otros como trampa (Luppi en Martín (Hache)) o como desaparición (Fito en La Casa Desaparecida). De la casa de María Elena, a diferencia de la de Cortázar, no se sale, se está y punto, estamos todos. Pero, ya que vamos a estar, hagamos algo.
Su entrañable "Sapo Fierro" es un buen ejemplo que funciona a modo de manifiesto de ese geo-estatismo tan apreciable en su cancionística; "…no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo", nos dice para luego rematar con un "…sapo que cambia de aljibe siempre es sapo de otro pozo".
"Barco Quieto", una de sus canciones para adultos más versionadas, es en sí una gran metáfora de la Argentina del momento y del quedarse como telos; "…no te vayas, quédate, que ya estamos de vuelta de todo y esta casa es nuestro modo de ser".
En "Como la Cigarra", otro de sus himnos, se niega a dejar de decir lo propicio pese a la censura y el dictum ideológico de turno y dice que "…gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal porque me mató tan mal que seguí cantando…"
Canciones como "The Kana", "Los ejecutivos", "Canción de Cuna para Gobernante", "La Paciencia Pobrecita" o "Carta de un león a otro" (muy conocida en la voz de Baglietto) pueden usarse como botones de muestra para captar la esencia de la constante incorrección política de María Elena Walsh.
Y, por razones fáciles de deducir, he dejado para el final una de sus canciones más incorrectas, ríspidas y crudas. Es de hecho, si exceptuamos la poco amable "Canción de Cuna…" antes mencionada, la única que he escuchado en la que María Elena echa a alguien de "la casa" y lo manda a vivir "…al Caribe donde está Papá Noel…" La canción se llama "Gilito del barrio norte" y data de 1969 (poco antes de que Onganía fuera depuesto, dos años después de la muerte del "Ché" Guevara) e incluida en su disco "Juguemos en el mundo, vol. II".





















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